Texto: Godo de Medeiros | Imagen WildPress: RRSS
El secuestro del presidente y la primera dama de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro y Cilia Flores, así como la ejecución extrajudicial de un indeterminado número de efectivos de seguridad y de personas civiles por parte de las fuerzas armadas estadounidenses que invadieron el territorio de la nación sudamericana la madruga del 3 de enero en curso permite sacar algunas conclusiones preliminares y adelantar escenarios de los que habrá que ocuparse sin demoras y vacilaciones.
La primera conclusión es que el propio presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha ridiculizado a políticos y periodistas mercenarios y meretrices al desmantelar de tajo las infames narrativas sobre "dictaduras y narcotráfico" contra el pueblo venezolano que se remontan al clamoroso triunfo de Hugo Chávez en 1998 y que se extendieron por añadidura contra líderes y pueblos latinoamericanos como Colombia, Cuba y México.
Después del operativo en la residencia del mandatario venezolano (que acaso empezó a gestarse a partir de octubre de 2023, cuando chavistas y opositores alcanzaron un acuerdo en Barbados sobre las elecciones de julio de 2024), Trump declaró que tendrían todo el petróleo de Venezuela y que Estados Unidos administraría en adelante aquel país. A la vez, no tuvo recato en sugerir que la Doctrina Monroe le "da derecho" de tomar los territorios de América Latina, porque están "en nuestra región de origen".
En una palabra, Trump admitió que todas las intervenciones militares y políticas que han llevado a cabo en el mundo, pero particularmente en América Latina y el Caribe, se inscriben en la lógica de James Monroe, quien presidió Estados Unidos entre 1817 y 1825 y que en 1823 dijo a los europeos que la esfera de influencia en el hemisferio occidental le correspondería exclusivamente a la nación norteamericana.
Para lograr ese objetivo, Estados Unidos se ha valido de la propaganda y de la desinformación a través de sobornos a los propietarios y ejecutivos de los medios de comunicación masiva del planeta, con la honrosa excepción de un veinte por ciento de estos que se ha negado a estafar a sus audiencias manteniendo un equilibrio en sus contendidos para resguardar lo que queda de la reputación del periodismo que ejercieron, entre muchas otras, personalidades como Ernest Hemingway, Oriana Fallaci, Gabriel García Márquez y Ryszard Kapuscinski, quien sentenciaría: "Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante".
Pudorosos intelectuales, periodistas y analistas venían advirtiendo desde enero de 2025 que Estados Unidos se enfocaría en Colombia, Cuba, Honduras, México, Nicaragua y Venezuela en virtud del poder que le sería conferido a Marco Rubio, un personaje soberbio y resentido que ha gestionado financiamiento para anticastristas y antichavistas como Juan Guaidó y María Corina Machado, la figura visible de los terroristas que desde finales de 2023 implantaron la narrativa según la cual el pueblo venezolano estaba sufriendo "la dictadura del régimen comunista de Maduro" que pretende "perpetuarse por medio de un fraude electoral" para continuar después de las elecciones con la cantaleta de que "Edmundo González Urrutia es el presidente electo de Venezuela".
Cuando Donald Trump escribió en su plataforma digital que "el presidente Nicolás Maduro" había sido arrestado, enterró para siempre la farsa de Machado que sin dudas le granjeó decenas de millones de dólares que no obstante deberá retribuir sabrá con qué a sus financistas, al quedar en evidencia como mentirosa y manipuladora, pues si hubiera sido real el apoyo de "la oposición" que decía tener no hubiesen salido a las calles de toda Venezuela millones de ciudadanos y ciudadanas reivindicando a Simón Bolívar y Hugo Chávez y exigiendo la liberación del secuestrado presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores.
El desequilibrio mental y espiritual de Machado la llevó a suplicarle a la también soberbia y resentida congresista María Elvira Salazar para que la revalorara. Incluso ha dejado entrever su disposición a compartir con el presidente de Estados Unidos la medalla que le obsequiaron los noruegos que administran la adjudicación de los premios Nobel de la Paz.
Como habrá podido ver el mundo entero, el bombardeo contra Venezuela que acabó con el secuestro de su presidente y esposa fue acompañado por una campaña mediática de propaganda y desinformación sostenida en los medios tradicionales y en las plataformas digitales que tuvo lugar en paralelo con el genocidio de la población Palestina que sirvió a la vez para socavar el derecho internacional y la vía pacífica de solución de discordias a través del multilateralismo.
El mismísimo Marco Rubio, siguiendo la línea discursiva de otros altos funcionarios de la administración Trump, tuvo la insolencia de sugerir que Estados Unidos hará lo que se le dé la gana en donde se le dé la gana cuando respondió a un reportero que citó a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como la fuente que certificó que Nicolás Maduro no tenía vínculos con actividades de narcotráfico. Casi literal, el canciller estadounidense diría: "Lo que diga la ONU me lo paso por el trasero. Maduro es un narcotraficante porque lo digo yo".
¡Más claro, ni el agua!
Cuando Donald Trump indultó al expresidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, condenado por narcotráfico por una corte estadounidense, tácitamente le gritó al mundo que las instituciones de su país que investigaron a Hernández (la DEA, el FBI o la CIA) habían mentido o hicieron mal su trabajo y que el sistema judicial de su país había condenado a un inocente, lo que haría suponer que los juzgados y las cortes de Estados Unidos no son dignas de confianza.
En resumidas cuentas, el segundo mandato de Donald Trump como presidente de Estados Unidos nos permite visualizar con luz tenue por ahora el comportamiento de los actores en el escenario de este teatro perverso en el que intervienen la Lawfare y las Fake News como protagonistas de primera línea. De este modo hemos presenciado cómo el ordenamiento jurídico de esa nación ha incorporado adjetivos como "terrorista" o "narcoterrorista" para después usarlos sin ninguna prueba contra personalidades como Nicolás Maduro para tener una "justificación" con la qué usar la fuerza para apropiarse de los recursos naturales ajenos.
Tales amaños parecieran ser calcadas del manual de Benjamín Netanyahu, quien según numerosas fuentes es el creador y financista del grupo Hamas que le ha servido como coartada para llevar a cabo la limpieza étnica en Palestina y anexarse los territorios de Gaza y Cisjordania, pero en realidad estas marrullerías constituyen una doctrina diplomática proclamada en 1953 por Allen Dulles, el primer director de la CIA.
Prácticamente, Trump, Rubio y Netanyahu están desempolvando y actualizando la peor literatura legal, política y diplomática de Estados Unidos en una época en la que los avances tecnológicos de la industria informática y de las telecomunicaciones han sido incorporadas plenamente a la industria armamentística y a la comunicación de masas en los medios digitales. De ahí que las Fake News pongan en la mirilla al objetivo para que los satélites tracen su ubicación exacta antes de activar los misiles. Son actos coordinados y cada instrumento cumple su propósito a su debido tiempo. En otras palabras, los algoritmos preparan la atmósfera, las plataformas digitales la amplifican y luego vienen las bombas.
Hugo Chávez era un hombre de armas y a la vez un estudiante excepcional. Antes de convertirse también en un excepcional orador tuvo que invertir cientos de horas en lecturas fundamentales por las que hoy la mayoría de venezolanos y venezolanas lo admira y echa de menos. Y en esta etapa crucial para América Latina y el Caribe, el estudio de líderes como Chávez es una necesidad tanto como lo es un repaso reflexivo sobre figuras insignes como Fidel Castro y Xi Jinping.
Mientras los pueblos no estén honestamente representados en las esferas de poder, las grandes compañías tecnológicas acabarán convirtiéndonos en zombis. El apego irracional al teléfono móvil y el consumo irracional de contenidos de múltiples temáticas (pero uniformados como una sola pieza de entretenimiento y banalización de la actividad humana) hará que pronto perdamos la capacidad de pensar, no digamos la de conmovernos frente al sufrimiento de los demás o del propio.
Xi Jinping y Vladimir Putin, presidentes de China y Rusia, respectivamente, son totalmente opuestos a la idea de repartir el mundo en áreas de influencia como lo pretende Donald Trump (por sugerencia de Rubio y Netanyahu, no cabe duda) convirtiendo América Latina y el Caribe en territorios vasallos de Estados Unidos. Y si bien la ONU ha sido desdeñada y debilitada adrede por los lobistas de las industrias petrolera, farmacéutica, armamentista, tecnológica y agroalimentaria, el multilateralismo que resurgió tras la II Guerra Mundial como respuesta a la barbarie del nazismo y el fascismo de la Europa de Adolfo Hitler y Benito Mussolini no podrá ser abandonado fácilmente por la potencia norteamericana que fue una de las potencias que impuso las reglas de este orden mundial al que se le están fundiendo los cortacircuitos.
En menos de un año de gobierno, Trump ha sumido a su país en una crisis quizás irreversible. Sepultó la credibilidad de sus instituciones de seguridad, inteligencia y justicia; convirtió al Congreso y al Senado en instancias decorativas; cambió las reglas del libre comercio haciendo de la amenaza y la extorsión un modelo de negocios que glorifica el robo y la confiscación de bienes a sangre y fuego; resucitó al nazismo y al fascismo en todo el mundo e hizo de la manipulación y del descaro las herramientas de la nueva diplomacia; desbarató los sistemas de salud y educación y convirtió a las universidades en otro objetivo de guerra; arruinó la economía del pueblo estadounidense y creó las condiciones para la ingobernabilidad interior que devendrá en desórdenes por hacerle demasiado caso a Netanyahu y Rubio, dos tipos sedientos de poder y sangre que acabarán matándolo suavemente.

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