La Casa Blanca pareciera estar bajo el control de tres grupos a los que el presidente estadounidense Donald Trump obedece. Son una especie de nido de cuervos que más temprano que tarde acabarán devorándolo.
El primero está plagado de magnates de las grandes tecnológicas, a algunos de los cuales la revista Time nombró personajes del año; el segundo sería el denominado lobby israelí, que coordina Benjamín Netanyahu desde la Palestina ocupada; y, el tercero, no menos terrorífico, gira alrededor del canciller Marco Rubio.
Aunque cada grupo tiene intereses demarcados según su campo de especialización, los tres confluyen en la visión de un Estados Unidos endiosado, implacable y en expansión permanente como el Imperio de los Césares.
En el círculo de los magnates vemos cómo estos avanzan en su objetivo hegemónico a través de la guerra cognitiva para la que fueron creados los teléfonos inteligentes, las redes digitales de socialización masiva, las aplicaciones y últimamente la inteligencia artificial, que sirven como plataformas o cimientos a los otros dos.
Netanyahu es acaso quien mejor provecho ha sacado de esta infraestructura, echando mano de constelaciones satelitales y de otras herramientas tecnológicas para apuntalar la batería belicista en su plan de exterminio de pueblos en aras de anexar territorios en Oriente Medio (Palestina, Líbano, Siria, Irán e Irak, entre otros) para beneficio de los intereses británico-estadounidenses que fundaron Israel.
Rubio, por su parte, estaría retribuyendo los financiamientos de las mafias anticubanas en Florida a las campañas políticas de demócratas y republicanos, en especial a las de Donald Trump, y de tal cuenta es que vemos un exagerado e intimidante despliegue militar en el Mar Caribe que sugiere un ánimo macabro en contra de Cuba, México, Honduras, Nicaragua, Colombia y Venezuela, países de América Latina que han mantenido relaciones cordiales con China, Rusia e Irán, las potencias en desarrollo que podrían desgraciar el proyecto de Estados Unidos de convertirse en la Roma imperialista de nuestro tiempo.
Siguiendo al pie de la letra el manual de Allen Dulles, para quien las mentiras, la corrupción y el boicoteo constituyen el verdadero arte de la inteligencia, el canciller estadounidense y sus subordinados Mario Díaz-Balart, María Elvira Salazar, Carlos Giménez y María Corina Machado, principalmente, no han cesado un minuto desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca en exigirle a gritos que le prenda fuego a América Latina y el Caribe.
Trump los ha escuchado como el abuelo senil y bonachón que sostiene a los nietos en su regazo mientras les cuenta las aventuras de Robinson Crusoe en la silla mecedora.
Con un numeroso ejército de medios de comunicación alineados, Rubio y compañía impusieron la narrativa del combate contra el narcoterrorismo para justificar asesinatos extrajudiciales de pescadores en las costas caribeñas de Colombia y Venezuela. Asimismo, han intervenido en las elecciones generales de Honduras en momentos en los que surgen enfrentamientos armados en Guatemala entre supuestos grupos del crimen organizado que justificarían el asentamiento de tropas militares estadounidenses en la frontera con México para un hipotético ataque a dicho país desde el norte y desde el sur, en una suerte de ofensiva del sándwich.
Claro está, invadir Cuba, Colombia, Nicaragua, México y Venezuela no resultará fácil como tal vez lo sea Honduras ahora que ha sido indultado por Trump el narcoterrorista Juan Orlando Hernández, experto en fraudes y golpes de Estado.
Esto lo saben los altos mandos militares y los directores de las agencias de inteligencia de Estados Unidos, que le habrán aconsejado al presidente mantenerse en la línea estratégica de la asfixia por estrangulamiento económico por la vía de las sanciones, los aranceles, los bloqueos, y, ahora de vuelta en el tiempo, la piratería de barcos, saboteando de este modo el desarrollo de los países del ALBA-TCP y, sobre todo, de los BRICS que encabezan China y Rusia.
Al mismo tiempo, los rudos de Florida apuestan por el derramamiento de sangre ahora o nunca y se enfocan en una América Latina sin industria armamentista ni tecnológica con las que puedan defenderse de igual a igual. Y tras el Premio Nobel de la Paz gestionado exitosamente por Netanyahu para Machado, piensan que tienen todo a su favor para iniciar otro genocidio, siendo su avaricia tan enorme que no dudarían en atentar contra la vida del presidente de los Estados Unidos, de ser necesario, como estratagema para hacer valer sus intereses y acusar a Nicolás Maduro, Claudia Sheinbaum o Gustavo Petro con tal de activar el botón de la muerte como en la Franja de Gaza y Cisjordania.

Publicar un comentario