Texto: Godo de Medeiros | Imagen RRSS: Ana Lucía Martínez
Acaba de ser aclamada como la Mejor Futbolista del recién concluido torneo Apertura 2025 de la Liga MX Femenil que conquistó el Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León con la legendaria Jenni Hermoso como su fichaje estrella.
Con apenas 14 años cruzó el umbral para instalarse en definitiva en el futbol profesional, ajustándose la elástica del CSD Municipal para enseguida convertirse en tetracampeona y goleadora indiscutible con el Unifut-Rosal del entrenador Benjamín Mincho Monterroso.
Luego de que las virtudes de la disciplina, del esfuerzo y la paciencia quedaran demostradas en los terrenos de juego de una Guatemala que comenzó a quedarle pequeñita, cruzó el siguiente dintel para trascender en el competitivo futbol internacional.
Una breve estancia en el balompié de Estados Unidos la catapultaría hasta la Liga Femenina de España, acaso la mejor de su género en el mundo hoy en día, en donde aportó sus habilidades en equipos como el Rayo Vallecano, Sporting Huelva y el Madrid CFF.
Determinada, cálida y persistente, se sobrepuso a los efectos devastadores de la ingrata noticia que le llegó cuando jugada en la liga española: el fallecimiento de la trabajadora social y activista de derechos humanos Miriam Ileana Maldonado Batres, su mamá.
Maldonado Batres fue una académica cuya elección de vida en favor de las causas justas ha quedado como legado indeleble en la historia de las luchas guatemaltecas en el colectivo Voces de Mujeres y el Instituto Universitario de la Mujer de la Usac, que ayudó a crear.
Caminante, no hay camino; se hace camino al andar, dejó escrito sobre piedra el poeta andaluz Antonio Machado. Y en su andar por los tantos caminos que llevan a Roma, la joven delantera desembarcaría en Italia para reforzar al Napoli, Sampdoria y Roma.
De regreso en el Continente, las Rayadas del Monterrey (con el que fue campeona) la acogieron antes que su actual Máquina del Cruz Azul, brillando en ambos equipos de la cada vez más reñida Liga MX Femenil hasta convertirse en pocos meses en su Mejor Jugadora.
Se lee fácil y se escribe de ella aún con más holgura, pero detrás de esta historia existe una sucesión de episodios que han debido sortear quienes como Ana Lucía Martínez Maldonado nacieron y crecieron en los barrios populares.
Al tiempo que destacaba en el deporte con más seguidores del planeta, AnaLu, como la llaman sus amistades cercanas, coronó con éxito sus estudios en la Universidad de San Carlos, obteniendo el título de Ingeniera Química.
A la vez, la estrella de la Selección Nacional de Futbol de Guatemala se licenció en Administración de Empresas y se hizo máster en Economía, finanzas y computación, además de cursar un postgrado en Gestión Deportiva en España.
Es poco común que un futbolista de alto rendimiento logre emparejar deporte y academia, lo que hace grandiosa la hoja de vida de esta delantera que abreva de una colonia modesta de la zona 5, al este de la Ciudad de Guatemala.
Dentro de 29 días, AnaLu estará cumpliendo 36 años de vida y es sin dudas la figura más alta del futbol guatemalteco, tomando en cuenta que el futbol es indivisible para hombres y mujeres, en tanto se juega con las mismas reglas, canchas y balones.
Un acto de justicia como país sería no solamente concederle las más altas condecoraciones de Estado sino también procurar la construcción de otra Ciudad o Villa Olímpica, cuyo estadio lleve por nombre Ana Lucía Martínez.
Y es que AnaLu reúne cabalmente aquellas cualidades por las que puede denominarse a alguien como un orgullo nacional (si no es que héroe). Su capital, humano y material, lo ha logrado con tenacidad y franqueza, con disciplina y paciencia.
Nuestra futbolista ha demostrado a Guatemala y al mundo que las satisfacciones en la vida no se alcanzan infligiendo dolor y sufrimiento a los demás, ni matando ni robando a nadie; que la alegría es una emoción a la que se llega sin engaños o egoísmos; que la grandeza la confieren la sencillez y la capacidad de tender la mano donde haga falta y que la gratitud ennoblece a quien nunca olvida el milagro del abrazo, de la palabra o del gesto de quienes estarán siempre con nosotros aunque el destino nos los haya arrebatado en el camino.

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