La gran trampa de las Redes Sociales


Texto: Godo de Medeiros | Imagen: Freepik

El periodismo clásico está condenado al naufragio. Dentro de poco, los buenos periodistas acabarán dedicándose a escribir libros (en el mejor de los casos) o a criar cabras, pues quedarán desempleados por dos razones fundamentalmente: la censura y la quiebra de las empresas periodísticas. Las grandes corporaciones mediáticas tampoco la tendrán fácil, porque en menos de lo que se lo imaginan perderán millones de lectores, televidentes y radioescuchas en el mundo por dos razones fundamentalmente: el genocidio y la pérdida de la capacidad cognitiva de los seres humanos que sobrevivan al exterminio.


Las industrias militar y química-farmacéutica han llevado al barco de la vida hacia las aguas más turbulentas que la humanidad haya experimentado jamás después de las tragedias provocadas por la ambición al oro y la supremacía racial.


La Internet es un hallazgo militar que entró en escena hace apenas unas décadas con la potencia devastadora de una bomba atómica y mata igual que los químicos usados en la agroindustria alimentaria que están enviando cada año a millones de seres humanos a las clínicas y hospitales para paliar los efectos de un desorden alimenticio creado a propósito para vender más medicamentos.


Después de la Internet llegaron los teléfonos móviles y detrás de estos las Redes Sociales o plataformas virtuales que funcionan como una mitológica Arca de Noe en la que caben cientos de datos sensibles de los millones de seres humanos que las usan en el mundo, con lo cual se benefician no solo sus creadores y dueños sino la industria militar y los propagandistas que persiguen imponer el sionismo como ideología única e incuestionable.


Ejemplos sobran para ilustrar lo dicho en el párrafo anterior, pero bastará citar la matanza de los dirigentes de Hamas y Hezbollah por parte de los servicios secretos de Estados Unidos y Reino Unido (que Benjamín Netanyahu se atribuye como propia) mediante el uso de satélites, teléfonos móviles y redes sociales que orientaron las detonaciones de explosivos incorporados en los aparatos telefónicos y los misiles teledirigidos.


Y en cuanto a los propagandistas, no hace falta atiborrar de datos un texto cuanto que recordar cómo Donald Trump, quien actúa como si fuera el presidente ya no solo del planeta sino del mismísimo sistema solar, se ha liado con algunas universidades y medios de comunicación de Estados Unidos y de otros tantos países por resistirse a aceptar como buenos y válidos los tratos crueles y degradantes contra los emigrantes, amenazando al mismo tiempo con encarcelar a quienes cuestionen el genocidio en Palestina, de tal suerte que quien esté en contra de la matanza despiadada de decenas de miles de niñas y niños, mujeres y ancianos palestinos indefensos es antisemita.


En lo que va de la presente década, los periódicos, tele y radio noticieros han perdido no solamente prestigio y credibilidad sino lo más importante para todo medio de comunicación: las audiencias. El influente pasó a ocupar el lugar del periodista y el espectáculo sórdido de políticos y aspirantes a serlo sustituyó a la noticia o el reportaje documentado, estimulados a la vez por la grotesca consigna: "Quien no está en Redes Sociales, no existe".


Xi Jinping y Vladimir Putin, los líderes mundiales más capaces y los únicos que por ahora pueden salvar a la humanidad, tenían razón cuando hace casi dos décadas nos previnieron de los peligros a los que el capitalismo occidental nos estaba arrastrando por la acumulación desmedida de las grandes corporaciones y el monopolio de la comunicación en manos de las grandes tecnológicas.


En la década de 1990, ya Putin ironizaba con regresar a la comunicación de boca en boca, a la escritura en máquina mecánica y a las cartas escritas a mano. Nadie entonces lo entendió, pero cuánta razón tenía.

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