El botón del fin del mundo


 Texto: Godo de Medeiros | Ilustración RRSS: Raliuga López

Salvo la esposa y los hijos, por ahora nadie puede apartar a Donald Trump de la nefasta influencia de Benjamín Netanyahu haciéndole conciencia de su condición de rehén de los bajos instintos del criminal más atroz conocido jamás sobre la faz del planeta y convencerlo de separar el dedo del botón con el cual activaría de un momento a otro los códigos de las bombas atómicas orientadas hacia China, Rusia e Irán, pero sobre todo contra China.


Del 20 de enero para acá, las decisiones trascendentales de Estados Unidos pareciera tomarlas Netanyahu y no Trump.


Cuando en la recta final de la campaña presidencial la demócrata Kamala Harris le dijo a Netanyahu que Estados Unidos no le permitiría anexarse la Franja de Gaza, el jefe de la mayor base militar estadounidense enclavada en Oriente Medio sobre el territorio de Palestina enfureció y movilizó sus fuerzas para llevar a Trump a la presidencia de nuevo.


Aunque no hay forma de probarlo, quedan dudas acerca del intento de asesinato determinante para la elección final del republicado, así como del repentino bajón de guardia de la candidata cuando su popularidad iba en aumento gracias al respaldo de las más populares personalidades del mundo del espectáculo, incluida a la celebrada Taylor Swift.


Con un 80% aproximado de los medios de comunicación masiva a nivel mundial bajo control del sionismo, según expertos en el tema, a Netanyahu le fue fácil venderse como el héroe que estaba luchando en siete frentes distintos para salvar al mundo del terrorismo, un discurso que adaptado a las circunstancias de Trump hizo posible que racistas, xenófobos y homófonos, entre otros, apoyaran a ciegas al republicano aún en contra de la sobrevivencia de ellos mismos, entregándole el poder absoluto en una sola elección.


Volver sobre estos hechos tiene como objetivo buscar un punto de apoyo para ver más allá del horizonte. Y es así como se atisba que el genocidio en Palestina tiene como propósito no solamente exterminar a su población sino expandir el terreno desde el cual aproximarse a los objetivos a destruir: Irán, Rusia y, finalmente, China.


Si revisamos superficialmente, ni siquiera a medio sumergirse, la historia de estas tres naciones, nos encontramos con un esplendoroso pasado que atañe a culturas milenarias de donde parten los conocimientos que han hecho del mundo lo que hoy es. Se trata de culturas sólidas con raigambre en el tiempo y en el espacio. Su desarrollo, en consecuencia, obedece a procesos culturales y filosóficos milenarios. 


A Irán, Rusia y China no los crearon grupos de invasores sanguinarios ni mucho menos un acuerdo de asamblea de un organismo multilateral, como la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que, por cierto, está siendo desmantelada con avidez por Netanyahu y Trump para que no haya quién condene los genocidios ni mucho menos que juzgue a los responsables de ejecutarlos.


Al final, lo que aquellos personajes le están gritando a la humanidad es: ¡Fuera de nuestro camino! Aquí no queremos que nadie se meta. Haremos del mundo lo que nos dé la gana y quien se oponga, que se atenga a las consecuencias.


Estas consecuencias, desgraciadamente, se están haciendo sentir en virtud de que Netanyahu y Trump cuentan con una servidumbre de terroristas como Marco Rubio, María Elvira Salazar y Mario Díaz-Balart, entre otros, que están promoviendo el endurecimiento del bloqueo criminal contra Cuba y Venezuela, así como la desestabilización en Brasil, Colombia y México.


¿Con qué otro adjetivo que no sea el de terroristas se puede calificar a quienes promueven matar de hambre al pueblo cubano? ¿De qué otra manera como no sea de terroristas se puede llamar a quienes promueven golpes de Estado en Venezuela, Colombia y ahora en México?


Estados Unidos ha comenzado a reocupar El Salvador, Guatemala y Panamá, bajo conceptos de recepción de prisioneros y cooperación para el control de puertos y aduanas. Todo esto para contener, según ellos, la influencia de Irán, Rusia y China en América Latina.


En días recientes hubo dos noticias que llamaron nuestra atención. La primera, la cárcel en Florida rodeada por hábitats de lagartos adonde irán a parar los migrantes latinoamericanos por la sola circunstancia de serlo; la segunda, un acuerdo secreto con un narcotraficante mexicano que contradice aquello de que Estados Unidos no negocia con criminales.


En consecuencia, que a nadie tome por sorpresa si en las semanas siguientes nos llegan noticias devastadoras desde Oriente Medio o si la ONU sufre una sacudida sin precedentes. Tampoco debería sorprendernos que la cárcel rodeada de lagartos se convierta en un arma para chantajear aún más a los gobiernos de América Latina ni mucho menos que se desate una serie de ataques en contra del heroico México gobernado por la queridísima presidenta Claudia Sheinbaum.

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