Texto: Godo de Medeiros | Fotografía: AGN
Del adoctrinamiento contrainsurgente que los Estados Unidos e Israel desplegaron en Guatemala cuando a finales de la década de 1970 el ahora recién fallecido presidente Jimmy Carter impuso un embargo de armas al Ejército guatemalteco por violar incesantemente los derechos humanos se derivan el comercio ilícito de drogas y armas, la cooptación y el desfalco de las instituciones públicas, la proliferación de las sectas religiosas, la masificación de la ignorancia y la desinformación que hoy continúa vigente en las redes sociales.
No estamos diciendo que antes de aquella época no existieran las desgracias señaladas sino que a partir de entonces se constituyeron en una especie de cultura general o de práctica social generalizada, de tal suerte que hasta los niños aprendieron a "perder el vuelto" cuando regresaban de hacer los mandados o a traficar con las meriendas (propias y ajenas) durante los recreos escolares.
Engañar se convirtió en un asunto de prestigio y hacerse pasar por tonto o imbécil fue el mecanismo que dio vida al despreciable oreja que contribuyó con las desapariciones forzadas, las ejecuciones extrajudiciales, las masacres y el exterminio o genocidio en contra de los pueblos indígenas con los métodos que en nuestros días están siendo practicados en Palestina y en varios países de África.
No obstante, entre 1980 y 1982, funcionarios de Estados Unidos y de Europa se escandalizaron cuando sus servicios de inteligencia les informaron que en Guatemala no había ninguna guerra, porque los grupos insurgentes armados habían sido reducidos al mínimo y en cambio lo que había era una espantosa matanza de civiles desarmados en las comunidades más empobrecidas del país, para lo cual se estaban usando miles de millones de dólares que llegaban en ayudas de toda índole. Es decir, la guerra se había convertido en negocio para quienes la dirigían desde el Estado guatemalteco con centenares de miles de "colaboradores" que incluían comisionados militares, patrulleros civiles, reservistas, policías, periodistas, jueces y magistrados, además de un abominable ejército de orejas implantado en todas las instituciones públicas y privadas, y en casi cada esquina de los centros urbanos estratégicos.
Ante aquella realidad dantesca, estadounidenses y europeos se plantearon, con carácter de urgencia, la "pacificación y la democratización" de Guatemala, que experimentó su primer ensayo cuando ganó la presidencia Vinicio Cerezo, un abogado de clase media cuyos esfuerzos y buenas intenciones fueron abatidos bajo toneladas de desinformación que se sigue usando aún en nuestros días. Años más tarde gobernaría Alfonso Portillo, otro presidente surgido de las clases sociales luchadoras a quien la mala voluntad y la animosidad de las elites han intentado sin éxito desmerecer sus logros incuestionables en beneficio de los pobres y de la clase media y media alta. Ni siquiera Sandra Torres en el gobierno de su marido, Álvaro Colom, logró lo que Portillo en términos de mejora salarial y control de precios de los productos esenciales y de los servicios básicos.
Sin embargo, y mientras estadounidenses y europeos se empeñaban en dorarnos la píldora con la "paz y la democracia", aquella fuerza descomunal que surgió tras la negativa de Carter a seguir dando apoyo militar a un ejército genocida se dedicó en silencio a resolver la manutención estratégica de sus colaboradores, gestionándoles "plazas fantasma" y licencias de hecho para acometer cualquier empresa lícita o ilícita, con lo que logró instituir en el país un poderoso conglomerado de nuevas elites políticas, económicas y financieras que acabó desplazando a las tradicionales, muchas de ellas convertidas hoy día en sus sirvientes o empleados de confianza.
El otrora intimidante Comité de Asociaciones Comerciales, Industriales y Financieras (Cacif) acabó siendo una oficina de tramitadores de los intereses de aquella fuerza local que trascendió a corporación transnacional. De hecho, el pequeño círculo de familias que detenta el gran capital en Guatemala se desligó del Cacif, aunque por cuestiones de alcurnia solamente.
En consecuencia, es de ingenuos pensar que un hombre honesto y honrado como parece ser el presidente Bernardo Arévalo sea bien recibido y aplaudido por el conglomerado de nuevas élites. Cierto es que se trata de un cuadro técnico con prestigio en los organismos multilaterales y con un nivel de simpatía inusual para un mandatario guatemalteco en Estados Unidos y Europa, pero eso no le alcanza para lanzarse a una guerra irreflexiva contra el pulpo del mal que tiene sus tentáculos y ventosas en toda la administración pública. De hecho, 9 de cada 10 empleados o funcionarios en puestos clave de su gobierno son gente que le fue fiel a Alejandro Giammattei y Miguel Martínez, a Jimmy Morales y a Otto Pérez Molina, o simplemente son burócratas holgazanes sin iniciativas ni ideas propias.
Arévalo transmite la sensación de ser valiente y de tener al menos una visión más allá de su nariz. Pareciera un pura sangre que se desplaza a cierta velocidad por la pista con un equipo de tortugas satisfechas con el puesto y el sueldo. El presidente necesita gente inconforme, curiosa, creativa, que vaya al mismo ritmo que el suyo o por lo menos a 10 kilómetros atrás de él y no a 900 como hasta ahora.
A pesar de que en menos de un año al frente del gobierno tiene más logros que Morales y Giammattei juntos, sus equipos de comunicación ni siquiera han notado este detalle.
Todos los días me encuentro gente en las calles que me pregunta si creo que la corrupción se puede acabar y mi respuesta ha sido que sí y que creo que Arévalo está haciendo lo posible, pero nosotros como pueblo hemos caído en el error de esperar a que él resuelva lo que nos corresponde resolver a todos. No esperemos nada de Arévalo más allá de lo sensato. La batalla tenemos que darla todos y un arma poderosa es la educación. Si paralelamente a la lucha contra el pulpo del mal se impulsa la reforma educativa, crearemos ciudadanos diferentes, gente honesta, trabajadora y curiosa, capaz de echar a andar la creatividad y la inteligencia pensando en imposibles, que es como se llega a cosas grandiosas.

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