La Fiscal de la Impunidad [*]

 


Texto: Godo de Medeiros | Imagen: VoxPopuli

Un epílogo es una especie de necropsia a través de la cual el equipo médico forense disecciona un cadáver para determinar con precisión las causas de la muerte de una persona, mas no los motivos, que las más de las veces suelen ser tan variados como indescifrables.

              Pero tratando de condescender con la avidez de los lectores y lectoras que han tenido la amabilidad de llegar hasta este remanso, convencidas y convencidos, a lo mejor, de que Guatemala ya no tiene remedio o, por el contrario, que sí lo tiene después de doscientos y pico de años de estar con el fango hasta el cuello, trataremos de acercarnos no solamente a las causas sino también a los motivos del desmantelamiento de la legalidad e institucionalidad de este país en los ocho años en que el personaje central, Consuelo Porras, flanqueada por un reducido pero malévolo equipo de colaboradores, estuvo al frente del Ministerio Público (MP).

              Y es que, tal y como los autores de este libro la describen, la Fiscal de la Impunidad se vendió como una inocente criatura de Dios y acabó convertida en un demonio para centenares de personas cuyas vidas se vieron de pronto en medio de un mar de pesadillas y sin posibilidad de rezarle a ningún santo que llegara en su auxilio.

              Perversidad, alevosía, ferocidad. Todo en uno y sin recargo por entrega a domicilio.

              Al empezar la inspección de aquel legado de impunidad, lo primero que salta a la vista es un patrón con doble rasero basado en un denunciante sin rostro que permite armar un caso a partir del cual se pide una o varias órdenes de captura a un grupo singular de jueces para que una vez ejecutadas las detenciones se declaren los casos bajo reserva, se deniegue la información a los sujetos procesales, se dicte prisión preventiva, se pospongan periódicamente las audiencias, manteniendo a los sindicados o sindicadas en la cárcel más allá de los plazos que dicta la ley, abusando posteriormente de la figura de aceptación de cargos para que de esta manera las deficiencias y chambonadas en la confección de casos violatorios del debido proceso adquieran legitimidad al conseguir que los imputados se declaren culpables de haber hecho lo que no hicieron.

              En sentido inverso, este patrón ha beneficiado a decenas de exfuncionarios de gobierno, dirigentes políticos, militares y empresarios a quienes los tribunales habían condenado por casos de corrupción, malversación de fondos, cobro de sobornos, financiamiento electoral no declarado o por violaciones a los derechos humanos, incluidos crímenes de lesa humanidad y delitos contra los deberes de humanidad.

 

Los orígenes

En el ocaso de la década de 1980, Estados Unidos y la Unión Europea acordaron impulsar la pacificación de la entonces convulsa Centroamérica, para que sus empresas pudieran hacer mucho dinero con los recursos naturales de los países en conflicto, particularmente de El Salvador y Guatemala.

              Y en el caso de Guatemala, que es el que nos ocupa, los altos mandos militares y sus organismos de inteligencia supieron leer correctamente el futuro, lo que no fue capaz de hacer su contraparte, la guerrilla, y diseñaron los planes para sobrevivir en un escenario posconflicto. Aquello daría origen a partidos políticos, universidades, centros de estudio y análisis de los problemas nacionales, medios de comunicación y, por supuesto, profesionales de las ciencias jurídicas y sociales que luego acapararían los puestos de decisión en las altas cortes y tribunales.

              Tan temprano como 1982, el general Efraín Ríos Montt había sido llamado a liderar el gobierno tras un golpe de Estado.

Paradójicamente, aquel militar, que en 1973 fuera proclamado candidato presidencial del Frente Nacional de Oposición (FNO), una coalición de izquierda ampliada con socialcristianos y socialdemócratas, gracias a su singular carisma y al hecho de tener una visión de Estado más allá de la confrontación ideológica, sería el artífice de la institucionalidad democrática que luego sus propios familiares, amigos y simpatizantes se encargarían de destruir con total desvergüenza.

              Ríos Montt colocó los cimientos del Tribunal Supremo Electoral (TSE), al que dotó de autonomía y dio rango constitucional para que no estuviera supeditado a ninguna autoridad. Del mismo modo, la Corte de Constitucionalidad (CC) y la Procuraduría de los Derechos Humanos (PDH) derivarían, por increíble que parezca, de la visión de aquel hombre de armas condenado por genocidio el 10 de mayo de 2013, siete años después de que se instalara en el país la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) en el gobierno del empresario Oscar Berger.

              Aquella condena, sin embargo, desataría los demonios y organizaciones como la Asociación de Veteranos Militares de Guatemala (AVEMILGUA), fundada en 1997, un año después de la firma de los Acuerdos de Paz, renovaría su protagonismo y, como parte de su desarrollo, incidiría en la constitución de las beligerantes Liga ProPatria (LPP), Fundación Contra el Terrorismo (FCT) y Guatemala Inmortal (GI).

 

Las causas

A raíz de la sentencia condenatoria contra Ríos Montt, en los círculos de oficiales que participaron en el conflicto armado interno creció el temor de ser alcanzados por los tribunales, por lo que activaron sus nexos en el Congreso de la República y en las universidades pública y privadas del país para garantizar que las Comisiones de Postulación eligieran a sus abogados afines para ocupar cargos en el Organismo Judicial (OJ), en la CC, en el MP y en el TSE.

              Y si bien no hay nada de ilegítimo o ilegal en promover candidatos para las instituciones públicas, los métodos no fueron necesariamente éticos o transparentes, lo que daría origen, por lo que puede leerse entre renglones a lo largo de este documento, a una catastrófica reducción de las instituciones públicas a meros locales comerciales, convirtiendo de hecho la carrera de ciencias jurídicas y sociales en instrumento para salir de la pobreza de un día para otro mediante el tráfico de influencias y la venalidad de la ley.

              Esto habría de provocar que la CICIG se ocupara de investigar a las estructuras organizadas alrededor del mercado de puestos en los organismos estatales, la normalización del cobro de coimas para autorizar contratos públicos y otros actos reñidos con la ley y las buenas costumbres, llegando a evidenciar a dirigentes políticos y empresarios que al verse contra la pared pusieron sus chequeras sobre la mesa para gastarse cualquier cantidad con tal de sacar a la CICIG del país.

              Jimmy Morales sería el responsable de acometer la misión y Consuelo Porras la encargada de desatar, bajo la orientación de la FCT, la guerra jurídica o LawFare, un método de criminalización ampliamente utilizado en América Latina que va acompañado de las FakeNews o noticias falsas que en esencia constituyen un mecanismo de linchamiento mediático basado en la difamación a gran escala en las plataformas sociales por las que miles o quizás millones de personas alrededor del mundo han acabado suicidándose.

              Por cierto, el libro abre con estas palabras: “En la historia de Guatemala figuran personajes que bajo el paraguas de la religión han justificado sus acciones en beneficio de la corrupción. Algunas de estas personalidades opacas que invocan a Dios por reflejo condicionado han ocupado cargos en el sistema judicial. Y en la búsqueda de una supuesta justicia, como ellos le llaman, cometen ilegalidades. Una de estas personas, que se justifica en un poder divino para cometer constantes violaciones a los derechos humanos, es la Fiscal de la Impunidad, María Consuelo Porras Argueta”.

              Amparándose en la burda excusa de que “la CICIG cometió abusos”, con fe ciega e inquebrantable, Porras emprendió la cacería despiadada contra fiscales, jueces, activistas de derechos humanos, periodistas y exfuncionarios de la comisión internacional a las pocas semanas de haber sido elegida como fiscal general, en un parangón con el babilónico ojo por ojo, diente por diente.

              Su actitud pareció la de alguien sediento de venganza y no de justicia. Y cuando la sensatez demandaba corregir y mejorar, se dedicó a renegar los avances de la lucha contra la corrupción y la impunidad, desmantelando los equipos internos del MP y estimulando la desinformación para difamar y confundir a la opinión pública en un acto desvergonzado cuya percepción inmediata fue que los directores y mecenas del espectáculo estaban obrando con tal perversidad para denigrar la imagen de las mujeres y de los pueblos indígenas.

              Pronto causarían repugnancia las decisiones de Consuelo Porras, Silvia Valdez, Dina Ochoa, Shirley Rivera y Leyla Lemus, colocadas estratégicamente en la cumbre de las instancias judiciales y organismos de Estado, así como las de Rafael Curruchiche, convertido en el verdugo de los pueblos indígenas.

¿Había en aquello un propósito deliberado o simplemente fue una coincidencia surgida del inconsciente machista y racista que prevalece en la sociedad guatemalteca, particularmente en las élites que habían quedado expuestas por sus prácticas corruptas con las que en el devenir del tiempo han amasado sus fortunas? No lo podemos determinar.

              Algo, no obstante, merece la pena traer a cuento. Y es que entre las decenas de imputados y procesados por actos reñidos con la ley, el hecho de que el general Otto Pérez Molina se haya presentado ante los jueces es algo que no podemos dejar de reconocer como gesto de valentía y sensatez, pues recordemos que él fue quien eligió a Thelma Aldana como fiscal general y al encarar las consecuencias de sus actos ante los tribunales demostró que aquel era el camino correcto.

              De igual manera puede verse a la distancia el caso del general Efraín Ríos Montt, el jefe de Estado que diseñó el programa para que una Asamblea Nacional Constituyente (ANC) ratificara la institucionalidad democrática sobre la que se introdujeron mejoras en el ordenamiento jurídico que la estupidez y la avaricia acabaron distorsionando.

              Ríos y Pérez se sometieron a los tribunales, algo que ni por asomo han hecho Jimmy Morales y Alejandro Giammattei, expresidentes ambos, quienes se atrincheraron en las enaguas de las funcionarias mencionadas para procurarse impunidad. Estará por verse si Curruchiche tendrá los arrestos necesarios para rendir cuentas de sus actuaciones.

 

Sustancias tóxicas

Entre los hallazgos fundamentales de los periodistas Marvin Del Cid y Sonny Figueroa se encuentran los daños irreversibles que la Fiscal de la Impunidad produjo en el sistema jurídico guatemalteco, comenzando por la pérdida absoluta de credibilidad en el MP, institución responsable de la persecución penal, en donde 7 de cada 10 denuncias son archivadas o desestimadas, según datos de dominio público.

              Pero lo más grave fue que Porras devolvió al MP a las prácticas anteriores a 1994, desempolvando el método inquisitivo en lugar de emplear el sistema acusatorio que supuso un salto cualitativo cuando aquel año fue desvinculado de la Procuraduría General de la Nación (PGN) para convertirse en un ente autónomo.

En un paralelismo con los años del oscurantismo más tupido, la administración de Porras empata de algún modo con los abusos que la historia registra de los periodos de Jorge Ubico y de los regímenes militares a partir de 1954, si bien no estrictamente en los métodos aplicados sino en las variantes.

El fusílenlo y después investigan de Jorge Ubico encajaría con los casos en que el MP de Porras ha pedido la prisión preventiva tan solo porque a un ciudadano anónimo se le ocurrió que X o Y persona podría haber hecho tal o cual cosa.

Asimismo, el tenebroso boletín del Consejo Anticomunista de Guatemala (CADEG) o del Ejército Secreto Anticomunista (ESA) de los años de mayor violencia estatal y paraestatal cobró vigencia en la cuenta de redes sociales denominada ¡Yes, Master!, desde la que se ha difamado, intimidado y amenazado a decenas de personas en una acción típica de comandos de operaciones psicológicas.

Al asumir la promoción y defensa de las acciones del MP, del Organismo Judicial (OJ) y de la CC, divulgando incluso información confidencial o sensible en poder exclusivo de aquellas instituciones, la citada cuenta digital se convirtió abiertamente en un órgano propagandístico operando de manera clandestina sin que ninguna autoridad se molestara por tomar distancia o por iniciar una investigación por tratarse de una actividad criminal.

Sin duda alguna, el irrespeto al Código Procesal Penal (CPP) y a la propia Constitución Política de la República de Guatemala (CPRG) fue la regla y no la excepción a lo largo de los dos periodos de Porras, quien pasará a la historia, además, por haber despojado al TSE de su autonomía y supremacía en materia electoral y de partidos políticos.

 

Las víctimas y la reparación

En el prontuario concerniente a las heridas profundas y cicatrices imborrables, daños colaterales y daños a terceros, no podemos soslayar un hecho que puede ser útil a las generaciones futuras de abogados y abogadas que quieran tomar distancia de las actuales. Y esto es volver a ver al ser humano como sujeto de derechos y obligaciones, como un ser provisto de una dignidad. Pero, sobre todo, volver a los principios de honradez, decencia y honorabilidad.  

Sin entrar en consideraciones acerca de si es la genética o el entorno social lo que determina la manera en que procedemos los individuos, no podemos prescindir de la posibilidad de la redención o reivindicación.

Cuando Thelma Aldana e Iván Velásquez estuvieron al frente del MP y de la CICIG, respectivamente, establecieron un patrón mediante el cual los días jueves exponían los nuevos casos que sus actividades inherentes les permitían avanzar. La forma, aunque disgustara a algunos, era pertinente desde el punto de vista de la transparencia y de la publicidad de los actos de la administración pública.

Sin embargo, desde las plataformas digitales, centenares o quizás miles de personas le dieron a aquello un giro morboso, reduciéndolo a un espectáculo grotesco en el que los señalamientos y las capturas de los imputados eran celebradas con un júbilo delirante como el de los aficionados que gozan con la estética de los regates y goles de Lamine Yamal.

Cuando nos olvidamos de la naturaleza de un proceso judicial y permitimos que las emociones nos gobiernen, cometemos el error de prescindir de lo importante y ponderar lo insignificante. En esa lógica, quienes celebraron los Jueves de CICIG en la época de Aldana acabaron padeciendo los Vuele a la Verga o el Halcón caído de los tiempos de Porras.

La búsqueda de justicia, en consecuencia, pasó a un segundo plano y su lugar fue ocupado por la banalización del método científico.

Curruchiche y unos cuantos fiscales más, en colusión con otros tantos jueces y magistrados, usaron las instituciones para mercar e impartir venganza, no justicia. Y en el sobreseimiento y clausura de casos de alto impacto como los documentados por Del Cid y Figueroa en este y en tres libros anteriores, la percepción generalizada es que se trató de transacciones de beneficio mutuo.

El daño al sistema judicial guatemalteco probablemente se logre reparar dentro de algunas décadas, pero jamás la vida o la salud que perdieron padres, hijos o hermanos de las víctimas de la persecución y criminalización de la Fiscal de la Impunidad.

No es lo mismo el sufrimiento de un culpable que el de un inocente, porque el primero tiene al menos el alivio de la autocrítica.

[*] Epílogo del libro Consuelo Porras La Fiscal de la Impunidad, de Marvin Del Cid y Sonny Figueroa.

Post a Comment

Artículo Anterior Artículo Siguiente