Texto: Godo de Medeiros | Imagen WildPress con foto de RRSS
Algunas batallas las perdemos por pesimismo o por indolencia, pero también es cierto que la audacia del adversario o enemigo puede inducirnos a uno u otro estado de ánimo y entonces podríamos decir, para nuestro alivio, que perdimos por prudencia o por evitar un mal mayor, como tristemente le habría ocurrido al más visionario de los presidentes que ha tenido Guatemala: el coronel Jacobo Árbenz Guzmán.
Cuenta la historia que cuando las operaciones psicológicas de la CIA pusieron contra las cuerdas al segundo gobierno de la Revolución de Octubre de 1944, grupos de campesinos y estudiantes le pidieron armas al presidente Árbenz para combatir al supuesto Ejército de Liberación que en realidad era un despreciable grupo de delincuentes y traidores que los dueños de una empresa estadounidense habían comprado para hacer de este país lo que todavía es.
Si algo le sobraba a Árbenz era coraje y determinación, pero el honor de un hombre de armas y la consciencia del extraordinario humanista que en realidad era le dictaron en aquellos sobrecogedores instantes que eludiera una matanza enviando a la línea del frente a campesinos y estudiantes sin ninguna experiencia en armas, consciente a la vez de la negligencia de su aparato de inteligencia y de la falta de compromiso de algunos de sus colaboradores.
Lo que Estados Unidos implantó en Guatemala tras derrocar al mandatario en 1954 se resume en un conflicto armado entre 1960 y 1996 que se saldó con millones de exiliados y refugiados, centenares de miles de asesinados, desaparecidos y ejecutados extrajudicialmente, pueblos indígenas sometidos al exterminio o desplazados forzosamente para robarles sus tierras, lo que en conjunto dejó como resultado una sociedad humillada, esquilmada, aterrorizada y perturbada psicológicamente.
A todo aquello se le buscó como salida la democracia primero y luego la firma de la Paz que trajeron al mismo tiempo otros problemas igualmente espantosos. La democracia se limitó solamente al plano electoral mediante un simulacro de pluralismo político y la Paz significó el desmantelamiento de la infraestructura productiva estratégica del Estado (electricidad, telefonía, transporte, carreteras, etcétera) y la cooptación de las instituciones públicas por delincuentes, traidores y mercenarios.
En la democracia y la Paz, quién lo niega, hemos experimentado progreso. Sin embargo, el desarrollo no llega todavía y justo es decir que si no fuera por los envíos de dinero de millones de compatriotas que viven en el extranjero, probablemente estaríamos en una situación en la que descaradamente se habrían legislado ya el comercio de drogas, las extorsiones y la usura, el sicariato y la trata de personas como los principales motores de la economía nacional.
El lumpen de la sociedad tomó por asalto las instituciones que creó la democracia (Tribunal Supremo Electoral, Corte de Constitucionalidad y Ministerio Público, entre otras) y convirtió el sistema judicial en una plataforma de negocios por medio del chantaje o la coerción. Lo poco o mucho que se pudo avanzar en materia de justicia y derechos humanos se acabó por ahora.
No obstante, dar por perdida la batalla no es una opción.
"Los derechos humanos no constituyen una utopía para nuestro pueblo, sino una razón de su lucha cotidiana", sostenía en 1978 el dirigente estudiantil Oliverio Castañeda de León, joven de clase media con una claridad de pensamiento y un carisma excepcionales que, de acuerdo con quienes lo conocieron personalmente, se correspondían con su franqueza y deseo genuino de alcanzar el desarrollo económico, político, social y cultural del país.
En nuestro tiempo, hay algunos jóvenes, hombres y mujeres, que afortunadamente han abrazado aquellos ideales patrióticos que caracterizaron a centenares de compatriotas desde el decenio de la primavera democrática (1944-1954). Uno de ellos es Samuel Pérez Álvarez, acaso el más determinado de quienes integran el Movimiento Semilla, partido político legal y legítimamente vigente, pero que la estructura que se apoderó del sistema judicial decidió suspender porque así le dio la gana.
Y frente al hecho irrefutable de que un poder paralelo formado por dos empresarios monopolistas y 33 operadores que gestionan procesos judiciales y coordinan la desinformación en medios de comunicación y redes sociales es el que dicta el proceder del Organismo Judicial, el Ministerio Público y la Corte de Constitucionalidad en casos políticos concretos, el esclarecido Pérez Álvarez ha tomado la iniciativa de echar a andar Raíces, instrumento político con el que continuar la lucha por rescatar al país.
Sabedor de que al enemigo no se le enfrenta con miedo ni menosprecio, deberá cultivar la paciencia y dominar la ansiedad y las emociones durante el combate que seguramente estará lleno de movimientos en falso y de trampas que no obstante, de superarlas, lo reafirmarán como el líder de una generación llamada a transformar no solamente la manera de hacer política sino el método de administrar la cosa pública.

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