Texto: Godo de Medeiros | Ilustración: WildPress con imágenes de RRSS
Tarde o temprano la democracia capitalista tenía que agotarse por ser un sistema diseñado para la acumulación obsesiva de riqueza sin mayores distracciones que los procesos electorales que en la mayoría de casos han servido para generar en los pueblos la ilusión de que han tomado el poder por medio de líderes incapaces de caer en la tentación del enriquecimiento ilícito y el envilecimiento inmediatos.
Lo que quizás nadie imaginaba era que la implosión de esta democracia vendría de la mano de sus propios arquitectos: Estados Unidos y Europa.
A lo largo de décadas desde el final de la II Guerra Mundial, los gobiernos estadounidense y europeos se embarcaron en un juego injerencista en los llamados países tercermundistas, desbaratando procesos emancipadores e imponiendo la democracia a partir de un marco regulado por el instrumento multilateral denominado Organización de las Naciones Unidas (ONU), que ha condenado a algunos países y absuelto a otros, porque en la práctica sus resoluciones más consensuadas no han podido detener el genocidio en Palestina y el continuado intento de exterminio del pueblo de Cuba mediante un bloqueo económico, financiero, científico y tecnológico.
En el caso de Palestina, el genocidio comenzó hace más de 70 años y el bloqueo a Cuba hace más de seis décadas. Los responsables de estas flagrantes violaciones a los derechos humanos y al derecho internacional son los gobiernos de Israel y de Estados Unidos, respectivamente, los únicos miembros de la ONU que no obedecen sus resoluciones. Irónicamente, cabe agregar, Israel ni siquiera fuese un Estado si no es por una resolución de 1948 de aquel organismo.
En los días recientes, el mundo pareciera haber olvidado los dramáticos casos de Cuba y Palestina y ha centrado su atención en la guerra comercial que los Estados Unidos de Donald Trump desató contra todos los países, menos contra Israel, en un juego macabro con el que disimula su miedo a que China lo supere como potencia económica, tecnológica, política y sobre todo como ejemplo para la humanidad, pues nadie ignora que la milenaria cultura china tiene valores y principios diametralmente opuestos a los de la cultura estadounidense de las guerras e invasiones con fines de apropiación de todo tipo de recursos.
Trump no busca que el resto del mundo sienta admiración y respeto por Estados Unidos sino pánico, miedo, terror, como lo que Benjamín Netanyahu ha logrado con Israel por medio del terrorismo más cruel y horrible del mundo. Ambos son los arquitectos de esta obra de realismo del horror y de ahí que no nos extrañe que el mandatario estadounidense planee hacer de la Franja de Gaza un enorme resort cuando el premier israelí acabe con el último de los palestinos.
El presidente estadounidense está rodeado de sicópatas que anteponen sus intereses a los de un pueblo laborioso, noble y solidario.
Elon Musk y Marco Rubio son ejemplos de estas figuras indeseables. El primero está calculando evacuar hacia Marte a quienes puedan pagar sus viajes espaciales en SpaceX cuando Netanyahu decida incendiar el planeta con su ejército sofisticado y su arsenal nuclear y atómico. El segundo está aprovechando su cargo como Secretario de Estado para impulsar los caprichos personales de los grupos criminales radicados en Miami y que financian indistintamente a demócratas y republicanos.
No obstante, entre la docena de supermillonarios que rodea a Trump hay quienes no están muy contentos con la guerra comercial tanto como otros funcionarios gubernamentales que acabarán abortando el viaje, como premonitoriamente lo anticipó el sociólogo William I. Robinson el 6 de febrero de este año en su extraordinaria pieza La coalición de Trump se desintegrará, que publicó La Jornada.
Recién el sábado pasado, 5 de abril, una serie de manifestaciones masivas en varios estados de la Unión reunió a millones de ciudadanos(as) de todas las clases sociales y corrientes políticas e ideológicas que alzaron la voz contra la insensatez y la maldad de Trump y compañía. Medios estadounidenses y de otras latitudes calculan en al menos 1,200 las marchas en rechazo no solo a la imposición de aranceles sino también a los abusos contra la población migrante que llegó a Estados Unidos debido, paradójicamente, a la intervención injerencista del país del norte en Centroamérica y en varios países de América Latina y el Caribe.
A pesar de todo, China no será derrotada por Estados Unidos. Y para América Latina, el resto de Asia y para África, la soberbia de Netanyahu, Trump y Musk deben verse como la oportunidad para la unidad y la respuesta en bloques, pero además para echar a andar a mil por hora toda la creatividad posible para emanciparse de los sistemas económicos y políticos atrasados o feudales y hacer caso por fin a quienes han promovido con sobrada razón la soberanía alimentaria de los pueblos y la liberación humana de conductas consumistas alienantes promovidas desde los grandes medios de comunicación que también habrán de reinventarse.

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