Ni los observadores y analistas más distraídos dan crédito a lo ocurrido el domingo pasado en Ecuador. Y si bien la reputación de las encuestas y estudios de opinión pública viene en picada desde hace varios años a causa de la manipulación irresponsable de quienes contratan a las empresas encargadas de levantar los estudios de campo, por lo menos los datos arrojados por el Consejo Nacional Electoral (CNE) del país suramericano en las elecciones generales de febrero hacían pensar en que los comicios del 13 de abril darían como resultado una victoria cerrada para cualquiera de los finalistas: Daniel Noboa y Luisa González, quienes habrían obtenido aquella vez 4 millones 527,404 y 4 millones 507,658 votos, respectivamente (una diferencia de 19, 746 sufragios).
No obstante el frente común entre las principales fuerzas políticas y sociales alrededor de la candidata González para la segunda vuelta y el desgaste por mérito propio de Noboa, el escrutinio esta vez reveló datos bastante difíciles o casi imposibles de creer, no precisamente por patrones de costumbre sino por la concurrencia de situaciones de sentido común y elementos objetivos y subjetivos que trataremos de desanudar a continuación.
Para que Noboa obtuviera 5 millones 870,502 votos y González 4 millones 683,147 tendrían que haber acudido a las urnas el doble de personas que votó en la primera vuelta por el resto de candidatos y candidatas que no obtuvieron ni siquiera el 10 % de sufragios en conjunto. Esto es de suyo sospechoso. Y tomando en cuenta que el domingo 13 amaneció Ecuador con un Estado de Excepción en al menos ocho provincias a causa de la violencia provocada por los grupos del narcotráfico y con serios daños causados por lluvias e inundaciones en varias regiones, no es fácil creer que la asistencia a votar fuera masiva.
¿De dónde entonces obtuvo Noboa ese casi millón y medio de votos más respecto de los captados en la elección anterior? No hay respuesta posible como no sea mediante un fraude con herramientas de Inteligencia Artificial (IA) que se podría probar o descartar solamente mediante un conteo voto por voto, lo cual ninguna legislación electoral permite en América Latina, excepto Cuba, en donde el conteo manual y la estadística mecánica se cotejan antes de dar los resultados de una elección o consulta ciudadana.
En el caso de Ecuador, la IA pudo haber alterado los datos del CNE a control remoto, por ejemplo, desde Miami, Florida, en donde opera la mafia más poderosa del continente americano y a la que acuden, por cierto, representantes demócratas y republicanos para financiar sus campañas políticas cada cuatro años.
No cabe duda de que tras la transnacionalización y la diversificación de portafolios de inversiones y negocios de los cárteles colombianos de la droga, las operaciones de producción, procesamiento, empacado y embarque de sustancias en Suramérica se hayan corrido tácticamente a Ecuador, donde gobierna un empresario con múltiples compañías de importación y exportación hacia Estados Unidos y Europa.
Las posibilidades de un fraude electoral en Ecuador estaban dadas a la vez por la circunstancia de que a la tríada que gobierna Estados Unidos (Benjamín Netanyahu, Elon Musk y Donald Trump) le es útil tener a Noboa y al argentino Javier Milei como contrapesos a los gobiernos de Luis Arce, Luis Lula, Gustavo Petro, Yamandú Orsi y Nicolás Maduro en Bolivia, Brasil, Colombia, Uruguay y Venezuela en esta etapa de la vida planetaria en que el fascismo está haciendo músculo.
Noboa tenía de su lado al mismo tiempo una coartada.
Y es que el hecho de que mercenarios cibernéticos lograsen un relativo éxito en julio de 2024 atacando el software del CNE venezolano para reforzar la narrativa de fraude en las elecciones que legítimamente ganó Maduro en la nación bolivariana le ha lanzado a Noboa un infame salvavidas mientras se acaba la tormenta y las cosas en Ecuador vuelven a ser tan horribles como han sido desde que en 2017 Lenin Moreno Garcés le entregó el país a las mafias.

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