Texto: Godo de Medeiros | Ilustración: WildPress, con foto de Facebook
Nayib Bukele es un tirano permitido por Estados Unidos y las elites centroamericanas al que una plebe de incautos o desinformados ve con simpatía por el hecho de haber puesto tras las rejas a miles de pandilleros con quienes, según informes de prensa, negoció siendo candidato y luego traicionó cuando se convirtió en presidente de El Salvador en 2019.
Militante del izquierdista Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que lo expulsó en 2017 por avaro y traidor, Bukele formó su capital político a partir de sendos triunfos municipales en las alcaldías de Nueva Cuscatlán y San Salvador en 2012 y 2015, respectivamente, apoyado entonces por una izquierda con arraigo todavía en el electorado.
Sediento de poder y de seguidores, entre 2017 y 2019 pactó con la extrema derecha del partido Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), al que también traicionó, pero con cuyos financistas y viejos dirigentes negoció su candidatura presidencial bajo la sigla GANA (Gran Alianza por la Unidad Nacional).
Pero una vez en el gobierno, este empresario de ascendencia árabe y con cualidades histriónicas singulares, se convirtió en el ídolo salvadoreño más importante del presente siglo, difuminando hábilmente la línea fronteriza entre la mentira y la verdad, entre lo real y lo aparente.
Nadie pone en duda que la sevicia de las pandillas o maras en El Salvador sobrepasó los límites de lo que en los países empobrecidos puede entenderse como normal en virtud de la escasez, la insalubridad y el analfabetismo como factores que estimulan la violencia y los desequilibrios mentales y emocionales, pero valerse de aquella tragedia para violentar las leyes y el Derecho y cometer injusticias metiendo en las cárceles a quienes llevaran tatuajes en el cuerpo no ha resuelto los problemas estructurales del más pequeño de los países del istmo.
Los índices de pobreza, insalubridad y analfabetismo no son tan diferentes de como estaban antes de 2019, de lo contrario Bukele no hubiera retrocedido con el uso del Bitcoin ni habría suplicado al Fondo Monetario Internacional (FMI) que le salvara las finanzas a costa de endeudar más a su país ni habría convocado a los empresarios más atrasados de Centroamérica para que se hagan cargo de generar los empleos que su gestión ha sido incapaz de provocar.
Tan mal está Nayib Bukele que ha debido venderle el alma al diablo mercando con la angustia, la humillación y la mala fortuna de 238 inmigrantes venezolanos víctimas del odio y la perversidad del gobierno de Estados Unidos que arbitrariamente los designó como criminales, enviándolos sin investigación ni juicio al reclusorio privado conocido como Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT).
De avaro y traidor a tirano y caníbal.
Hace varios siglos, en África se capturaba a los negros y se los hacía prisioneros para luego alquilarlos o venderlos como esclavos a ávidos empresarios de Europa y Estados Unidos, país que por cierto fue en donde nació en el seno de una familia de emigrantes Abraham Lincoln, el presidente republicano que en 1863 abolió la esclavitud que al parecer intenta restablecer otro republicano, Donald Trump, con la aquiescencia de socios inescrupulosos como Nayib Bukele.

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