Se han caído las máscaras


Texto: Godo de Medeiros | Imagen: Collage en Ciudad de Guatemala

Benjamín Netanyahu constituye en estos momentos la peor amenaza para la sobrevivencia de la vida en el planeta. 


Con estudios en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y en la Universidad de Harvard, ejerce una influencia singular sobre las decisiones geopolíticas de la Casa Blanca, indistintamente de que esté ocupada por demócratas o por republicanos.


Experto en persuasión y en operaciones psicológicas, exacerbó el odio y la perversidad en la sociedad israelí de principios de la década de 1990, logrando que el sionismo supremacista acabara con la vida del primer ministro Isaac Rabin, suceso que selló la suerte trágica del pueblo palestino en la Franja de Gaza y Cisjordania, así como la de los pueblos de Siria, Líbano, Irak e Irán.


En 1993, Rabin y el líder de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), Yasser Arafat, habían suscrito en Oslo, Noruega, un Acuerdo de Paz para poner fin a las hostilidades entre Israel y Palestina, pero de inmediato Netanyahu se opuso, pues aquello no solamente significaba el reconocimiento de Palestina como Estado soberano, libre e independiente, sino a la vez la ruina definitiva del negocio de la guerra.


Netanyahu calificó la firma de aquel tratado de paz como "el clímax de este humillante teatro del absurdo" e invirtió incontables recursos para movilizar enormes contingentes de fanáticos y extremistas de derecha en Jerusalén, Tel Aviv y otras ciudades, imponiendo la narrativa de que Rabin era un traidor que había vendido a Israel.


Sabedor de la importancia de la manipulación de los símbolos, al grito de "¡muerte a Rabin, muerte a Rabin!", Netanyahu incitó en una de tantas manifestaciones el recorrido de un ataúd representando el entierro del primer ministro con carteles en los que se lo hacía parecer como un terrorista transpuesto en los retratos de Adolfo Hitler. Y semanas después de aquellas movilizaciones, el que fuera acaso el político más determinado de Israel en buscar la paz con sus vecinos recibió varios balazos por la espalda en una calle de Tel Aviv el 4 de noviembre de 1995.

 

Tras el asesinato de Isaac Rabin, Netanyahu despejó el camino para impulsar una rentable carrera como político y empresario en los campos tecnológico y energético, acumulando un poder que lo llevaría a utilizar a las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y al Instituto de Inteligencia y Operaciones Especiales (Mosad) para sus propios fines e intereses.


Estados Unidos es el principal patrocinador de Netanyahu. Le ha proveído miles de millones de dólares en los últimos años, otorgándole al mismo tiempo las licencias para acometer con crueldad e impunidad en Oriente Medio, lo que hace suponer que los políticos estadounidenses esperan de vuelta como recompensa los apetecidos recursos energéticos (gas y petróleo, especialmente) que yacen bajos los territorios de Palestina, Siria, Líbano, Irak e Irán.


Estados Unidos confía en que Netanyahu los ayudará finalmente a alcanzar el que quizás sea el objetivo estratégico más codiciado por demócratas y republicanos: la destrucción económica y militar de China y Rusia, potencias emergentes que amenazan con arrebatarle la hegemonía mundial que hasta hoy mantiene, aunque con serios y frecuentes sobresaltos.


Se han caído las máscaras.


Las fuerzas armadas israelíes son a la fecha las más sofisticadas en cuanto a armamento y recursos tecnológicos, y también las más feroces y despiadadas del planeta. Sus actos son irracionales, perversos, inhumanos; y desde que el 7 de octubre de 2023 impulsaron nuevamente el genocidio contra el pueblo palestino bajo la excusa de "liberar" a unos 250 rehenes que habría secuestrado el grupo Hamás que el propio Israel creó para destruir a la OLP de Arafat, sus acciones han merecido el repudio unánime de todos los pueblos del mundo.


Solo en la Franja de Gaza y Cisjordania han matado el último año a unas 75,000 personas, la mitad de ellas mujeres y niños. El 85 % de la infraestructura gazatí ha sido destruida al cabo de varios meses de intensos bombardeos. Y como si el exterminio o genocidio de la población palestina no les fuera suficiente, ahora han llevado con más fuerza y al mismo tiempo el exterminio a los pueblos de Siria, Líbano y Yemen.


"La palabra genocidio ha quedado ligada al nombre de Israel", le dijo al medio digital CTXT la socióloga marroquí de origen judío Eva Illouz, para quien "el caso de Netanyahu debería ser un ejemplo para el resto de los pueblos: cuando se elige a un fanático, destruye su país".


El historiador israelí Moshe Zimmermann, en entrevista con la Deutsche Welle el pasado junio, calificó de error el objetivo de "victoria absoluta" planteado por Netanyahu tras los sucesos del 7 de octubre, "porque era imposible que el ejército israelí acabara con Hamas", lo que nos lleva a suponer que el león feroz de Washington convirtió el genocidio en una empresa altamente rentable.


La siguiente víctima, lo ha anunciado jubiloso el propio Netanyahu, será Irán, nación musulmana a la que piensa destruir "en un solo ataque" con todo su arsenal nuclear y la ayuda logística de Joe Biden y Kamala Harris, quienes fríamente han calculado que cuando el ejército israelí de Netanyahu elimine todo vestigio de vida en Irán seguramente aquello provocará una reacción de China y Rusia, lo que le daría la "excusa" a Estados Unidos y a la OTAN para "entrar" también en "la guerra", sabiendo que posee mejores y mayores armas que aquellas dos naciones que han demostrado una extraordinaria vocación de paz y fraternidad con otros pueblos.


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