Texto: Godo de Medeiros | Ilustración propia
Uno de los grandes embustes del neoliberalismo nos llegó con las redes sociales como paradigma de la libertad de expresión y de la democratización de las comunicaciones entre pueblos y entre grupos de personas de las más disímiles condiciones económicas, políticas y culturales.
Los Melquiades de las grandes tecnológicas nos vendieron la idea de que el monopolio del pensamiento único y vertical había llegado a su fin con estas herramientas servidas en la gran plaza macondiana del ciberespacio.
Así, como buenos ascendientes de los Buendía, acudimos con júbilo a comprar el nuevo invento con la secreta esperanza de sacar el mejor provecho en nuestra melancólica aldea de “veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban sobre un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”.
Alucinantes y adictivas como el universo de Cien años de soledad del siempre indispensable Gabriel García Márquez, las redes sociales, en contrapartida, atomizaron a las sociedades, desintegraron hogares y familias, enemistaron a propios y extraños, y por si fuera poco disminuyeron la capacidad cognitiva de un alto porcentaje de la población mundial.
El cultivo de la mente y la formación de criterio propio se sustituyeron gradualmente por el consumo de contenido insustancial, de modo que el insulto ha suplantado a la crítica, la agresión al debate y el cotorreo al dato preciso.
Nadie contradice el hecho de que también las redes sociales funcionan para causas justas y dignas, para propósitos sanos y para tender puentes de amistad y solidaridad genuinas entre Estados y entre personas.
No obstante, los últimos años hemos atestiguado que aquéllas están siendo mayormente utilizadas para imponer ideologías perversas con las que se busca justificar el ejercicio del odio, la discriminación y el exterminio de pueblos enteros, valiéndose a la vez de la desinformación, a sabiendas de que en los recientes tres lustros un enorme porcentaje de usuarios de redes sociales ha perdido la capacidad de raciocinio.
Y una de las primeras víctimas de la disminución de la capacidad de los individuos para distinguir las cosas ha sido, precisamente, el periodismo, al que se lo confunde con las relaciones públicas, la propaganda o la idolatría.
Empoderada por los apetecidos like o me gusta, una indeterminada cantidad de hombres y mujeres de todas las edades se vio de pronto impelida a ejercer el "periodismo", dando cuenta a sus seguidores(as) de todo suceso que contribuyera a mantener esclavizadas a las masas a las pantallas de las computadoras, tabletas o teléfonos celulares, naciendo de este modo el influencer, influente o creador de contenidos, cuyo ejercicio encaja con la propaganda, las relaciones públicas o la adulación gratuita u oficiosa.
La depauperación económica y la decadencia de valores éticos y morales causadas por el capitalismo depredador y voraz obligó a muchos seres humanos inmersos en un mundo sin trabajo e ingresos permanentes a buscar maneras de mantener elevada la autoestima intentando replicar la fórmula exitosa de Taylor Swift o simplemente para sobrevivir aún a costa de convertirse en meretrices, sicarios o mercenarios cibernéticos.
Pero como en la novela icónica del Premio Nobel de Literatura 1982, la ambición desmedida de algunos usuarios de redes sociales por hundir las manos en el cielo podría acabar achicharrándolos como al cándido José Arcadio bajo el entonces novedoso invento de la lupa.

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