Por Godo de Medeiros | Fotografía: Al Jazeera
Israel es el país más bélico y despiadado del mundo. Su creación en 1948 se debe a la generosidad de países como la Guatemala gobernada por el doctor Juan José Arévalo Bermejo, quien en 1947 instruyó al representante de nuestro país ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Jorge García Granados, para que procurara el reconocimiento de Israel y Palestina como Estados libres e independientes tras los resabios del Sublime Estado Otomano y de la Segunda Guerra Mundial.
No obstante, el lobby sionista logró que solamente Israel tuviera estatuto de Estado y a partir de aquel año emprendió un implacable plan de exterminio de árabes-palestinos, judíos-palestinos y musulmanes-palestinos con el propósito de aniquilarlos y apropiarse de sus tierras, de tal suerte que según el Banco Mundial (BM), hasta el año 2021 su territorio llegaba a los 21 mil 640 kilómetros cuadrados de los 14 mil que le serían cedidos inicialmente en 1948.
Es decir, mediante tácticas de guerra y exterminio, Israel ha logrado hacerse con casi 8,000 kilómetros cuadrados adicionales de territorio y se estima que en junio o julio de este año sumará los 365 kilómetros cuadrados de la Franja de Gaza, cuyo 70 % de su población, mayoritariamente compuesta por mujeres y niños, ha sido desplazada o asesinada desde el pasado 7 de octubre de 2023 en que una célula terrorista del grupo Hamas habría supuestamente "burlado" el sofisticado sistema de seguridad israelí para cometer crímenes contra población civil y militar de aquel país en propio suelo.
De acuerdo con diversas fuentes, Hamas es un movimiento político surgido en 1987 aparentemente con apoyo de los servicios secretos de Israel para defenestrar a su contraparte Fatah, el partido heredero de la histórica Organización para la Liberación de Palestina (OLP) liderada por Yasser Arafat, quien en 1993 firmó los Acuerdos de Oslo con quien fuera acaso el más honorable y respetado primer ministro israelí, Isaac Rabin, asesinado por un fanático sionista en 1995.
Rabin fue un líder auténtico y deseaba la paz auténtica entre palestinos e israelíes. Reconoció el derecho a la autodeterminación de Palestina y su establecimiento como Estado libre, soberano e independiente. Rabin no buscó beneficiarse de la guerra ni hacer negocios con los más de US$3 mil millones de dólares que Estados Unidos otorga anualmente a las fuerzas armadas israelíes.
Hasta el día de hoy no sabemos quién ordenó el asesinato de Isaac Rabin, pero doce años después de aquel crimen el grupo Hamas se hizo con el poder en la Franja de Gaza.
Por extraño que parezca, la incursión de octubre pasado en territorio israelí por parte de Hamas sirvió para justificar la avaricia de Benjamín Netanyahu, el primer ministro de Israel que abiertamente prometió convertir en polvo el territorio palestino de la Franja de Gaza, lo que está a punto de lograr tras una "exitosa" campaña propagandística de filiación goebbeliana mediante la cual se nos ha querido ver la cara de estúpidos con la narrativa de "guerra entre Israel y Palestina" o "guerra entre Israel y Hamas", cuando en realidad es una invasión militar en un territorio que no tiene ejército ni tanquetas ni aviones ni misiles ni muchos menos bombas atómicas. En una palabra, se trata de una potencia militar arrasando un territorio de gente desarmada y viviendo el día día aterrorizada.
A aquella descarada narrativa de "la guerra" se agrega otra también indignante por medio de la cual se pretende hacer creer que son antisemitas quienes adversan el genocidio en la Franja de Gaza clamando porque cese la agresión militar y abogando por un reconocimiento sin más de Palestina como país independiente, soberano y libre.
Figuras del mundo político como el senador estadounidense Bernie Sanders y los intelectuales Rafael Narbona y Noam Chomsky han escrito decenas de artículos desvelando la suciedad de esas campañas (de las que las grandes corporaciones mediáticas se hacen eco sin cuestionarlas) y han cerrado filas con los millones de hombres y mujeres de todo el mundo que han manifestado en favor de la paz y la búsqueda de justicia para las víctimas del pueblo palestino sometido sin piedad alguna a los peores horrores.
Dice Narbona, por ejemplo, "Israel no es la justa reparación de los agravios sufridos por el pueblo judío, sino una empresa colonial al servicio de los intereses occidentales en Oriente Medio. No es un país democrático, sino el fruto envenenado del sionismo, una ideología supremacista. La ultraderecha celebra sus crímenes, pues marcan el rumbo de un porvenir cada vez más inquietante, donde un nuevo fascismo se propaga por el mundo bajo el disfraz de populismo neoliberal".
La infame manipulación de la información por parte de los sionistas ha hecho pensar a muchas personas a lo largo y ancho del planeta que a lo mejor Joseph Goebbels fue en realidad un agente sionista encubierto que se infiltró en el nazismo para acometer contra los judíos que el régimen de Hitler trataba en Alemania como el régimen de Netanyahu está tratando hoy a los palestinos en la Franja de Gaza.
Según esa lógica, la astucia de Goebbels puesta a prueba en Alemania entre 1933 y 1945 justificaría años después la existencia del Estado de Israel y cuando éste comenzara a desatar sus odios en contra de otros, el adjetivo antisemita se usaría para aplacar las voces que lo cuestionaran en su afán por hacer prevalecer los intereses supremacistas de la derecha extrema y el discurso del odio de los fanáticos de todo tiempo y toda clase que siempre rechazó con firmeza y coraje el extraordinario escritor israelí Amos Oz.

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