Una historia de heroínas

 


Texto y fotografía: Godo de Medeiros

En la devastación de aquellos días, el carácter determinado de una generación de hombres y mujeres que nacieron entre los siglos XX y XXI nos infundió una extraña o tal vez romántica fe en la humanidad.


Estábamos enfrentados a la incertidumbre y al terror que incitó en el planeta el advenimiento de una variante de coronavirus que en marzo de 2020 brotó en Guatemala como tragedia para las mayorías, pero como bendición para un puñado de empresarios y políticos avaros, mentirosos y manipuladores.


Se nos impuso el encierro y el distanciamiento físico, y los diputados autorizaron al gobierno Q14 mil millones que hasta el día de hoy no se sabe en qué se gastaron. Decenas de miles de puestos de trabajo fueron recortados y la mayoría de quienes los ocuparon no fue indemnizada. Millares de medianos y pequeños negocios cerraron operaciones y muchos, lamentablemente, no pudieron resurgir. Y mientras la clase política y empresarial, representadas cabalmente en Alejandro Giammattei y Miguel Martínez, hacían negocios con la desgracia ajena, una multitud de jóvenes valerosos(as) se echó el país a los hombros y lo salvó del naufragio.


Por motivos de tiempo y de espacio no es posible nombrar a cada uno(a) de quienes conforman un universo cercano al 24% de la población guatemalteca menor de 25 años que en 2020 protagonizó la ruda pelea que supuso mantener a flote la economía. Pero no cabe duda de que estos dos ejemplos que citaremos a continuación encarnan el coraje y la resolución del resto que entonces se hallaba entre los 15 y los 23 años de edad.


A partir de que fuera decretado el confinamiento, con mi hermano menor y un par de amigos nos dimos a la tarea de monitorear la actitud de la gente en las calles y en los negocios del Centro Histórico, principalmente, con la idea de crear una revista que compilara lo más dramático de aquel momento. Fue así como de pronto nos encontramos delante de decenas de situaciones conmovedoras, pero hubo dos que llamaron especialmente nuestra atención. Y es que siendo frecuentes bebedores de café no podíamos no fijarnos en aquellas personas que nos parecieron fuera de serie.


Bárbara Godínez fue una de ellas.


No supimos su nombre sino hasta después de que cerró el negocio que administró con un carisma y una energía impresionantes. Amable, serena y con un sentido del humor bastante a tono con su nombre, desplegó un liderazgo contagioso en su equipo de trabajo (joven también) y enfrentó los peores momentos de la pandemia con una determinación que nos recuerda a Fridolina Rolfö y Alexia Putellas, laboriosas jugadoras del FC Barcelona femenil que tantas satisfacciones le han dado no solo a la comunidad catalana sino al resto del mundo afín al futbol.


Desenfadada y vital, tuvo el estoicismo de resistir la embestida del Covid-19 y la mala voluntad de un gobierno inútil y sinvergüenza, manteniéndose de pie y con la moral por lo alto hasta agotar las últimas municiones después de varias semanas de una resistencia verdaderamente heroica.


Una mañana en que pasamos enfrente del negocio nos detuvimos a observar cómo ordenaba y dejaba relucientes la barra y las mesas para una clientela que ya no llegaría. Nos conmovió leer un rótulo que ella había colocado con la siguiente leyenda: "El corazón nunca cierra". Comprendimos entonces que la vida y el mundo estaban repletos de héroes y heroínas que nuestros ojos son incapaces de ver. Personas sencillas y laboriosas cuyos gestos somos incapaces de percibir, acaso porque nos han educado de formas tales que la desconfianza, el ninguneo, la envidia, los celos y la indiferencia prevalecen como conductas aceptables.


Nunca tuvimos el honor de tratar personalmente a Bárbara, pero la vida nos dio la oportunidad de conocer y de identificarnos con lo mejor de ella: su humanismo, su carácter determinado y el carisma que suelen tener los espíritus realmente grandes.


Yoselin Ballines trabajó a pocas cuadras del negocio de Bárbara. 


En su local hacían el esfuerzo por mantener sus puertas abiertas pensando más en el bolsillo de sus clientes que en los propios. Sin sacrificar la calidad de sus productos, los precios permitían degustar y sentir comodidad en aquel espacio donde la joven desempeñaba múltiples tareas, pese a lo cual su buen humor y gentileza convertían aquel espacio en un lugar agradable.


Contra todo pronóstico, el local sobrevivió a la pandemia, aunque cambió de nombre (y tal vez de dueños), y Yoselin había sido responsable de que aquel milagro ocurriera, aunque, como a menudo pasa, tal acción siga hasta ahora en el anonimato, porque tampoco hemos sido educados para reconocer los esfuerzos ajenos, para agradecer las buenas acciones de los demás, para dirigir nuestra atención hacia lo importante.


Recordándola en sus tareas del día a día con una diligencia y acuciosidad asombrosas, no podemos, como en el caso de Bárbara, dejar de asociarla con la persistencia y la gallardía de Salma Paralluelo, infatigable delantera del FC Barcelona y de la selección española, o con el ingenio y el preciosismo de Aitana Bonmatí, cuyos goles en momentos decisivos han significado triunfos invaluables. Desafortunadamente, y transcurrido algún tiempo después de la pandemia, una mañana en que nos dirigíamos a su local lo encontramos con las persianas extendidas y no volvimos a saber nada de aquella joven.


Cuando un negocio cierra, cesa también una fuente de trabajo y de ingresos. Por pequeño que sea el mismo, su actividad inmiscuye a varias personas, a quienes impacta de manera positiva. Pero es el arrojo y el carisma de personas como Bárbara y Yoselin lo que genera el valor más importante de cualquier empresa. Y es que el prestigio es la recompensa a la credibilidad. Y la credibilidad es esa pieza de arte que comienza con el trazo de un humilde lápiz y acaba expuesta en el salón de la galería de la vida que nunca cierra.

Post a Comment

Artículo Anterior Artículo Siguiente