Por Godo de Medeiros / Ilustración: La bailarina frente al espejo
En La semilla que germinó bajo fuego [Memorial de una batalla política en desarrollo] anticipamos con suficiente tiempo lo que ahora son los acontecimientos en desarrollo tras la culminación del proceso electoral más desacreditado en Guatemala en casi cuatro décadas.
Y es que en aquel breve libro hablamos de tres grupos que se emplazaron a raíz de la expulsión del país de la otrora Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (Cicig) y que apostaron por unas elecciones en las que cualesquiera de sus candidatos (Zury Ríos, Sandra Torres y Manuel Conde) tenía sí o sí que pasar al balotaje o ganar en primera vuelta de ser posible.
Pero a raíz del sorprendente advenimiento de Bernardo Arévalo y Karin Herrera, el binomio del Movimiento Semilla, como segundos finalistas de los comicios del 25 de junio pasado, aquellos poderosísimos grupos tuvieron discordias y hoy vemos el resultado de esa pugna en un escenario más cercano a los preparativos de una guerra civil que al "esclarecimiento" de los resultados del balotaje que no dejaron dudas acerca de quiénes resultaron ganadores legal y legítimamente.
Las acciones de la Fiscalía General de Guatemala contra los magistrados del colegio electoral y en contra de la totalidad del personal que tuvo a su cargo la recepción, registro y resguardo de la voluntad popular constituyen en estos momentos una incitación al fratricidio.
¿Por qué?
Porque hay un empresario que quiere imponer gente de su confianza en el gabinete del presidente electo Bernardo Arévalo, en particular en los ministerios de Finanzas Públicas, Economía, Energía y Minas y Comunicaciones, Infraestructura y Vivienda. A la vez, los directivos de al menos tres cámaras empresariales estarían haciendo lo mismo para que los suyos conformen un gabinete en el que al Movimiento Semilla solamente le quedarían tres o cuatro de 14 ministerios.
Esa disputa entre hombres de negocios está siendo apalancada por un tercer grupo que tiene bajo control la guerra legal y la desinformación en redes sociales, de tal manera que se propicie el momento para retorcerle el brazo a Arévalo diciéndole: "¡Ya ve; si quiere tomar posesión, fírmenos acá y nosotros podemos echarle la mano...".
Crear discordia es uno de los elementos imprescindibles de la guerra, porque ayuda a debilitar por dentro al enemigo.
A nadie extraña que una derrota inesperada de aquellos grupos los incomodara tanto, pero no al extremo de instrumentalizar a la institución responsable de la persecución penal y al poder judicial que ahora mismo está repartiendo las llaves para sacar de prisión a quienes la Cicig investigó como estructuras criminales dentro y fuera del Estado.
Y parte de ese incitar a la guerra ha sido ese elemento sutil o imperceptible que cosiste en hacer creer a la población de que "hay una persecución penal contra los magistrados del tribunal electoral" para eximirlos de la responsabilidad en la reelección del alcalde de la Ciudad de Guatemala, que fue la que desató la tormenta de amparos y revisiones de actas, en particular las promovidas por el partido Creo, de Roberto González, quien habría negociado algo a cambio de "desistir" en un recuento de votos de una elección que probablemente ganó.
¿Será que estamos ante el repique de las campanas que doblan por nosotros tal y como quedó dicho en La semilla que germinó bajo fuego [Memorial de una batalla política en desarrollo]?

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