Texto: Godo de Medeiros | Imagen WildPress: RRSS
En las últimas horas hemos constatado, con absoluta indignación, cómo las líneas discursivas dictadas sin duda alguna por la CIA apuntan a incitar el morbo desde los grandes medios de comunicación y las redes sociales sobre la situación en Cuba.
Alguna prensa estadounidense, francesa y alemana, en particular, se ha ocupado de "los apagones" y de la supuesta "disposición de las autoridades del régimen a negociar con el gobierno de los Estados Unidos".
Ni siquiera se han cuidado en disimular esta nueva embestida mediática encubierta al usar las mismas frases y las mismas tergiversaciones.
Provoca repugnancia este tipo de mercenarismo disfrazado de "periodismo" que sin pudor alguno estafa a sus audiencias y de paso denigra al propio periodismo como actividad y, particularmente, a la figura del periodista, haciéndolo parecer estúpido, corrupto y malintencionado.
A diferencia de los propagandistas y los publicistas, los periodistas deberían de prescindir de las emociones y dejar que los datos concretos y el balance de puntos de vista de fuentes contrastadas sean los que moldeen la opinión pública y no sus prejuicios e intereses personales.
En el caso de Cuba, los cortes de energía eléctrica han ocurrido durante muchos periodos debido a la guerra económica desplegada por Estados Unidos desde 1962, que conocemos como embargo o bloqueo, impidiéndole a las autoridades cubanas adquirir equipos y piezas para modernizar sus plantas generadoras que a la vez dependen del petróleo, cuyo suministro ha sido suspendido ilegal y unilateralmente por la potencia nuclear norteamericana.
Tras darse cuenta de que a lo largo de 64 años, gobierno y pueblo cubano han resistido de manera heroica a los embates de la guerra económica y a la incesante propaganda que ha buscado sin éxito una contrarrevolución, el núcleo anticubano que lideran Marco Rubio, María Elvira Salazar y Mario Díaz-Balart le vendió a Donald Trump la idea de "vaciar el océano para atrapar salmones".
Una idea escalofriante.
El intento de exterminio de la población cubana es algo gravísimo. Y a los medios de comunicación y sus reporteros y presentadores les debería de dar pena convertirse en cómplices de otro genocidio como el perpetrado en Gaza y Cisjordania con otros métodos y características, pero con el mismo objetivo de exterminar a un pueblo por razones étnicas, raciales y en este caso ideológicas.
El ataque terrorista que acabó en el secuestro del presidente de Venezuela y su esposa fue un primer paso para satisfacer los bajos instintos de Rubio, Salazar y Díaz. Al retener a Nicolás Maduro como botín de guerra, Estados Unidos está usando a su rehén para retorcer el brazo al gobierno venezolano y obligarlo a incumplir acuerdos con el gobierno cubano respecto al abastecimiento de petróleo.
Y no satisfecho con esta medida extorsiva, Trump ha amenazado con sanciones económicas a todo aquel país que intente vender petróleo a Cuba, en particular a México, por tratarse de un país cercano a isla.
Sin combustibles, cualquier economía del mundo colapsaría en cuestión de horas o días. Y para una nación impedida por la guerra económica de larga data a mejorar su propia producción petrolera y diversificar sus fuentes de energía, un corte abrupto en el suministro afectaría de inmediato a toda la población, no solamente a un gobierno legítimamente constituido, sino a todo un pueblo.
El 1 de enero de 1959 no hubo un solo cubano que no saliera a las calles a celebrar la victoria de los combatientes rebeldes que derrocaron a la dictadura que había sometido al pueblo a la esclavitud y a la miseria económica. El triunfo de los revolucionarios encabezados por Fidel Castro significó la liberación para aquel pueblo cautivo y de ahí que fuera apoteósico el recibimiento para aquellos jóvenes, hombres y mujeres, que enaltecieron con su triunfo la memoria de héroes como José Martí, Antonio Maceo y Carlos Manuel de Céspedes, entre otros de antepasado glorioso.
Sesenta y siete años después, el pueblo de Cuba sabe perfectamente que su sistema socialista no es el responsable de las limitaciones y que, por el contrario, no se le puede calificar de fracaso a un sistema que ha puesto a los seres humanos como prioridad. A pesar del bloqueo económico, comercial y financiero, Cuba ha ponderado la salud, la educación, la alimentación, el deporte, la ciencia y la cultura de sus habitantes, logrando convertirse en otras épocas en una potencia olímpica mundial.
Desde el propio año 1959, la CIA ha distribuido en los medios de comunicación del planeta quizás billones de dólares para mantener la narrativa de una "ideología obsoleta" o de un "sistema fracasado" en una Cuba "gobernada por una tiranía". ¿Qué más obsoleto que una ideología que esgrime la libertad de mercado poniendo obstáculos al libre comercio? ¿Qué más fracasado que un sistema que hace alarde de la democracia socavando la independencia de sus propias instituciones? ¿No es acaso un dictador o un tirano aquel que gobierna con sus propios decretos sin tomar en cuenta al Congreso o a las cortes de justicia y que además reprime y asesina a sus propios conciudadanos por reclamar sus derechos e impone a otros países sus propios caprichos extorsionándolos con aranceles?
Estados Unidos quiere corromper a Cuba.
A fuerza de bloqueos, chantajes y extorsiones quiere hacer de Cuba un país capitalista, a sabiendas de que el capitalismo no admite "esas bobadas de los derechos humanos; esa ridícula sensiblería de la igualdad y el respeto a los demás" como lo pregonó uno de los fundadores de la CIA cuyas ideas precisamente caracterizan la diplomacia estadounidenses.
La propaganda contra Cuba esconde las miserias de los Estados Unidos y en cambio miente descaradamente al endosar al gobierno cubano la responsabilidad ante una hipotética catástrofe humanitaria y al atribuir al presidente Miguel Díaz-Canel una "intención de negociar", cuando desde los primeros años de la Revolución es de sobra conocida la disposición de Cuba a un diálogo con Estados Unidos sin imposiciones y en condiciones de igualdad y respeto mutuo.
Pese a esta batalla desigual y a unas condiciones que ameritan hoy mismo la acción urgente de apoyo y solidaridad con Cuba, la sapiencia de su pueblo, su coraje y determinación, vislumbran la sobrevivencia del modelo cubano que ha tenido que sacrificar su desarrollo deportivo, científico y tecnológico, pero que está empleando un admirable esfuerzo por mantener invictos los pilares de la Revolución.
Mientras avanza a marchas forzadas en la implementación de los parques fotovoltaicos y en el uso de su propio petróleo para mantener la generación energética, el sector agroalimentario se mueve con diligencia para garantizar el suministro de alimentos a la población, en un proceso coherente con el quehacer de todo revolucionario del que hablaba Fidel: "Revolución es sentido del momento histórico. Es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos. Es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio. Es luchar con audacia, inteligencia y realismo".

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