Dibujar la ira


Texto: Godo de Medeiros | Ilustración: Julio Ajín, tomada de AGN

Alrededor de los artistas y de sus obras se han construido mitos que muchas veces cumplen la ingrata función de inmortalizar lo anecdótico antes que la complejidad de la vida y del proceso mismo de creación, que no siempre está exento de episodios dolorosos o perturbadores.

 

En las letras tenemos casos como el de Edgar Allan Poe, de quien algunos insensatos se ocuparon en algún momento de su alcoholismo, como si aquella circunstancia hubiera sido más importante que el hecho de ser el precursor del cuento moderno en el continente americano.

 

Y en cuanto a las artes plásticas, resulta un lugar común hablar de la oreja de Vincent van Gogh antes que de su prolijo pincel y de su condición de copartícipe del posimpresionismo que aportaría más libertad en el manejo del color y de las formas.

 

Uno puede entender que en el mundo capitalista los mitos sean imprescindibles para el mercadeo y la propaganda mejor todavía si se trata de escándalos o situaciones incómodas que hagan parecer al artista como valeroso, transgresor o víctima, según el público objetivo y la estrategia de ventas, pero no podemos estar de acuerdo ni menos aún aceptar que se soslayen situaciones inherentes a la vida de los artistas que acaban por ser, eso sí, fundamentales en la producción de sus obras.

 

Por encima de las limitaciones materiales y las crisis espirituales, que no son para nada exclusivas de los creadores hay que decirlo, un artista consigue serlo cuando se supera a sí mismo, aplicándose a fondo en el dominio de las técnicas del oficio y logrando encontrar la voz interior propia con la que habrá de reinventar el mundo, dotando a la realidad de nuevos significados a partir de su experiencia personal. Y es en esa batalla, por decirlo de un modo menos solemne, cuando los individuos llegan a merecer que los llamen artistas.

 

Hace pocas semanas leímos un relato del escritor español Santiago Posteguillo en el que nos narra un episodio en la vida de su colega mexicana Ángeles Mastretta, cuya pequeña hija habría experimentado un coma, lo que nos dio impulso para terminar de escribir estas palabras en ocasión de la muestra pictórica que se inaugura este 20 de agosto de 2024 y que acoge obras del artista guatemalteco Julio Ajín.

 

Ajín nos tiene acostumbrados a la refulgencia y serenidad del paisaje, lo que esta vez contrasta con la dureza de unas tintas que parecieran amorfas, pero que en esencia están determinadas por el miedo, el dolor y la ira interiorizados durante un periodo infeliz y luego expulsadas sobre el papel con una violencia inusual en nuestro acuarelista que no obstante atestigua un extraordinario dominio del trazo que va creando las formas de sus obsesiones o perturbaciones.

 

Un verdadero artista es ante todo un ser sensible y a veces hasta demasiado frágil, pero jamás un ser indolente o cobarde. Quizás por la hostilidad de un mundo en el que prevalecen las injusticias, la mentira y las guerras, el artista auténtico está constantemente enfrentado a una realidad que siempre intentará modificar, recreando mundos paralelos que plasmará en letras o trazos, sonidos o imágenes, formas y color.

 

El cuervo, el poema icónico del estadounidense Poe de una intensidad conmovedora, concebido acaso en la etapa más angustiante en la vida del narrador, recrea las cavilaciones de un hombre abatido por la soledad y la certeza del no retorno a aquello que alguna vez dio sentido a su existencia.

 

La leyenda nos cuenta que el neerlandés van Gogh se amputaría tras un episodio de ira impelido por las vicisitudes que aparentemente lo habrían llevado a un estado de desequilibrio emocional que no obstante parecieran contradecir sus obras, llenas de brillo y armonía, tal y como lo atestiguan sus celebrados girasoles o sus noches estrelladas.

 

Posteguillo revela cómo el dolor y el desasosiego infundirían un sentimiento inquebrantable de esperanza en Mastretta que acabaría convirtiéndose en 37 historias que fue escribiendo y leyéndole a su hija mientras estaba en coma y que están reunidas en el libro Mujeres de ojos grandes. Un acto de determinación con un final afortunado que describe cabalmente los efectos que algunas situaciones extremas producen en los artistas, aunque con resultados diferentes, porque no siempre se es afortunado.

 

El conjunto que el maestro Julio Ajín nos comparte en esta muestra abreva de una situación bastante parecida a la experimentada por la autora de Arráncame la vida, pero con un final plasmado en trazos con los que el artista, impotente frente a la enfermedad que consumiría, implacable, los sueños y esperanzas de una de sus hijas, acabó dando forma a la ira y al dolor, a lo que para él era lo más parecido al aspecto de aquella mortal enfermedad, una manera de no dejarse abatir aún con la derrota sangrándole entre las manos.

 

 

Guatemala, agosto 20 de 2024

1 Comentarios

  1. Gracias Godo me encantó el texto junto a grandes del mundo del arte. Muchas gracias y bendiciones para vos y tu familia.

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